Mi nombre es Diego Brendel y hoy quiero compartirles mi historia, que como pocas de los de mi especie (soy un perro mestizo), ha tenido un final feliz.

Nací hace casi un año en medio de la nada como lo hacen muchos perros en Ecuador, un país pequeñito en Sudamérica. Sin alimento, sin amor, sin una familia, sin esperanzas de vivir, sin nada literalmente. Mientras yo daba mis primeros respiros y trataba de abrir mis ojitos, al otro lado del mundo un joven alemán de ascendencia ecuatoriana llamado Alejandro, se preparaba para trabajar como voluntario en el poblado de pescadores donde yo nací, Puerto López. Su propósito era enseñar a leer a los niños ecuatorianos de las áreas rurales.

Pero en la vida no existen las coincidencias y todo pasa por alguna razón.

Él y yo estábamos destinados a encontrarnos y caminar juntos por la vida. Alejandro me encontró cuando yo agonizaba en la calle, en medio de desperdicios, desnutrido y lleno de parásitos que tenían mi pancita inflada, con mi patita rota y muy muy solito. Seguramente alguien me dejó en ese lugar para que muera, sin ni siquiera haber recibido una sola caricia en mi vida.

Él dedico su tiempo y dinero para darme lo que yo no había tenido hasta entonces, pero principalmente me dio amor, de la clase de amor que te permite recuperarte de una situación como la que yo estaba.

Tuve muchas visitas al veterinario y fui mejorando paulatinamente. Gané peso y la sarna desapareció totalmente. Fui creciendo cada vez más y llenando mi corazón de vivencias alegres y mimos. Crecer en la playa fue lo mejor que me pudo pasar. Corría todos los días en la arena, me bañaba en el mar y perseguía a los pajaritos.

Pero los dos sabíamos que pronto mi papá debería regresar a Alemania y eso nos preocupaba, no queríamos separarnos. Y ahí fue cuando sucedió lo mejor que me pudo pasar en la vida. Su amor por mi hizo que decidiera llevarme de regreso a su casa con él.

No lo sabíamos en ese momento pero fue ahí cuando empezó mi peregrinaje.

La primera vez no me fue posible ir con él debido a la documentación que necesitaba y los plazos que debía cumplir con mis vacunas y citas veterinarias. Pero la suerte siguió de mi lado y apareció un ángel, mi tía Susy. Ella me recibió en su casa en otra ciudad, en donde ahora ya vivo más de un año. Y no soy la única bola de pelos en este hogar, vivo con mis primos Oreo y Brownie, un gato y un perro quienes antes también vivían en la calle. A veces también me visitan mis otros primos Zeus, Bachita y Maulí. En mi familia aman a los animales 🙂

Aquí soy el pequeño de la casa, pequeño de edad pero el más grande en tamaño e hiperactivo. Cuando digo hiperactivo, quiero decir que soy UN TERREMOTO. He destruido el jardín, la ropa de mi tía, persigo al perro y al gato y seguramente no hay un espacio en la casa en la que yo no haya puesto mi huella. Pero aunque no me guste admitirlo, el jefe de la casa es y siempre será el gato.

También salgo al parque en las mañanas y en las noches, disfruto de correr y recoger maderas mucho más grandes que yo.

El segundo intento

Hace aproximadamente siete meses, mi abuela (la madre de Alejandro) vino de  Alemania para llevarme con ella, pero esta vez nos ganó la emoción y tampoco pude viajar. En nuestra alegría porque finalmente iba a encontrarme con mi papá, no cumplimos con el plazo de salida que eran 90 días por mis condiciones veterinarias y tuvo que regresar ella sola sin mí.

Esto pasó porque cuando me esterilizaron para que no haya más perritos en mi situación (lo cual yo apoyo mucho, porque no te imaginas lo que es tener miedo siendo tan chiquito y estando solo, rodeado de humanos a los que no les importas), se me bajaron las defensas debido a los antibióticos que tomé. Eso hizo que vuelvan las bacterias que tuve en la piel cuando Alejandro me encontró y estuve varias semanas en tratamiento para sanarme, tomando baños medicados cada dos días y medicina constantemente.

Pero aunque soy muy feliz aquí y disfruto el clima calientito de Sudamérica, extraño mucho a mi papá. Mientras tanto él también me ha extrañado muchísimo y me está esperando con ansias.

La tercera es la vencida

Después de tanto tiempo, mi abuela iba a viajar a Ecuador nuevamente en diciembre del 2017 para recogerme, que era la única oportunidad que ella tenía de hacerlo, pero aún no estaba curado. Y cuando ya estaba perdiendo la esperanza de estar junto a mi papá, mi tía Susy y mi abuelita decidieron intentar una última vez.

Y es así que con gran ALEGRÍA les cuento que el 20 de febrero finalmente viajaré a Ámsterdam con mi tía, donde mi abuelita y mi papá me recogerán. Ahora tengo todos los papeles en regla, estoy sano y listo para empezar mi nueva vida en Europa.

Mi tía Susy me dice siempre que seguramente tengo un objetivo en esta tierra, solamente que aún no sabemos cuál es. También me dice que yo soy un guerrero, porque he enfrentado muchos desafíos y he salido adelante, dejando mi huella por donde paso.

Les pido a todos por favor que me manden todas sus buenas energías para que finalmente esté con mi papá y la vida no me tenga ninguna otra sorpresa. Pero creo que no importa si me viene un desafío más, lo podré enfrentar sin problema porque tengo el amor de mi familia humana.

Y por eso te quiero pedir que si ves animalitos en la calle, solitos y desprotegidos, no pases de largo dejándolos abandonados. Siempre hay algo que puedes hacer, incluso darles un poquito de cariño, que quizás es lo único que recibirán en meses.

Creo que no debe importar de qué raza somos, porque todos sentimos hambre, frio, miedo, dolor, alegría y emoción.

Y espero también que las personas que una vez me abandonaron cuando más los necesitaba, nunca sientan todo lo que yo sentí. Y aunque probablemente no les importa mucho, quisiera que sepan que mi vida se ha puesto muy buena y he sido recompensado por todo lo malo que me pasó antes. Ahora soy un perro feliz.

Besitos mojados para todos,
DIEGO BRENDEL

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