La primera vez que sentí tristeza profunda, del tipo de dolor en el que sientes que el pecho te va a explotar, fue cuando tenía seis años y vi por primera vez animales siendo maltratados.

Mientras veía televisión, salió este programa que contaba como en China, a perros y gatos los hierven en aceite caliente mientras están conscientes aún y se los comen (entre otras atrocidades más) y en verdad no pude entender como todo esto estaba “permitido”. Mis papás fallaron ejemplarmente en explicarme lo que estaba pasando (aunque en realidad no era su culpa), por lo que corrí hacia el patio de mi casa y empecé a llorar, a ahogarme y a gritar como nunca antes. Poco después, vinieron las ganas de vomitar y el sudor que no paraba, nunca me he sentido tan mal en toda mi vida.

Y hasta ahora recuerdo ese día tan claramente. A pesar de todo el tiempo que ha pasado, cada vez que veo o escucho acerca de un animal siendo abusado o maltratado de cualquier manera, regreso a ese lugar oscuro dentro de mí que me grita que haga algo pero en el cual siempre termino sintiéndome inútil, confundida y lastimada como cuando tenía 6 años.

Crecí en una familia de carnívoros o mejor dicho que come carne (porque para ser carnívoros, ¿deberían ser tigres o leones, no?), en la cual nunca nadie ha sido vegetariano o ha conocido a alguno de cerca siquiera. Creo que fue por esto que dejé mis impulsos y sentimientos hacia los animales a un lado, diciéndome a mí misma que no había otra forma de hacer las cosas y que no había nada más allá de lo que estaba frente a mí. Porque… ¿Qué iba a hacer? Era solo una niña, que aún vivía bajo las reglas de su casa. Pero estaba TAN EQUIVOCADA.

En realidad, años después cuando le di a mi familia la noticia de que iba a ser vegetariana y que no comería carne incluso si me encontraba en una isla desierta con nada más que comer y que moriría lentamente (sí, así soy de dramática), su reacción me sorprendió, por decir lo mínimo.

No estaban increíblemente felices, pero no fue para nada como me había imaginado que iba a ser. Hubo algunos comentarios que surgieron, pero en general todo salió bien.

Volviendo a la historia, pasé varios años comiendo principalmente pollo casi todos los días y al mismo tiempo llorando (en realidad era un más un llanto histérico de esos en los que lanzas cosas y aprietas los puños) cada vez que veía un camión lleno de jaulas de gallinas en camino a ser degolladas. Y finalmente no pude ignorarme a mí misma por más tiempo. Fue entonces cuando decidí, sin planificación de ningún tipo, que desde ese minuto iba a ser vegetariana.

Punto.

Y por supuesto que mis amigos, compañeros, uno que otro desocupado y algún familiar, dijeron que no iba a durar ni un mes con esta dieta y quizás fue por eso, que su reacción fue tan tranquila cuando recibieron la noticia. Algunas personas incluso se reían de mí, mientras decían que era inhumana porque comía brócolis si los brócolis tenían sentimientos y extrañaban a su familia. Al menos me reí un momento, que duró como 3 segundos. Luego ya no fue tan gracioso.

Pero después de todo, decidí atravesar esa turbulencia y olvidarme de las ganas que tenía de comer carne por más difícil que fuera (y aún lo es) y gracias a eso aquí estoy: vegetariana y en paz como nunca, casi cinco años después.

Por eso, quiero contarte las 5 razones por las que empecé a hacer lo correcto para mí misma y dejé de comer animalitos o cualquier cosa que tuviera una mamá:

  1. Los animales no son nuestros: no están en el mundo para servirnos de vestimenta, para entretenernos, para que trabajen para nosotros o para ser usados en experimentos o cualquier otra cosa que se te pueda ocurrir. Siempre supe esto desde que estaba creciendo y ahora mucho más. Alice Walker lo dijo mejor de lo que yo podría haberlo dicho: “Los animales no fueron hechos para los humanos, de la misma forma en que los negros no fueron hechos para los blancos ni las mujeres creadas para los hombres.” ¡Ahí está!
  2. Hay muchas cosas (muchísimas) que no puedo controlar, pero esto sí puedo. Aunque puedo donar a causas que apoyan el bienestar animal, ser voluntaria en organizaciones que acogen animales callejeros, firmar millones de peticiones para terminar con el abuso hacia los animales, recogerlos de la calle y encontrarles un hogar, no puedo hacer que todo su sufrimiento y dolor desaparezca en ese instante, no importa cuánto lo quiera. ¿Qué sí puedo hacer? Puedo dejar de comerlos y salvarlos del matadero y de lo que seguramente una muerte terrible e inhumana. ¿Por qué inhumana? Porque nadie que no quiera morir, debería ser asesinado y peor si es tan brutalmente.
  3. Soy una animal lover (y crazy cat lady también). No podría comerme a mi perro o mi gato, esas bolas de pelo que ruedan por mi casa mordiendo cosas, dejando huellas en los sillones, en mi cama y pelo en todo lado, jamás. Y la cosa es que, por más que lo intente, no puedo ver la diferencia entre ellos y un chanchito, una vaca o un pollo. Aunque para ser honesta, quizás una vaca no destrozaría tantos zapatos en tan poco tiempo.

    Ya que estamos hablando de ellos, pasaban por aquí a saludar:

  4. Yo vivo soñando. Alguna vez un hombre sabio dijo: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales” – Mahatma Gandhi. Tomándolo como ejemplo, yo sueño que nuestra sociedad sea algún día muy grande y no solo gracias a su relación con los animales, sino también con las mujeres, los musulmanes y todos quienes ahora están en desventaja. ¿Hoy en día? Nuestras naciones no son grandes. Sabes que es verdad…
  5. No puedo matar a un pescado o a un pollo, ¿tú sí? Eso es todo lo que tengo que decir. Si no lo haría, ¿por qué voy a pagar para que alguien más lo haga por mí? No le pago a nadie para que vaya al dentista por mí (aunque para ser honesta me encantaría) o para que salte de un edificio en mi lugar.

Espero haberte dado un pequeño empujón para que te hagas vegetariano/a (¡O incluso vegano/a!). Ya sabes lo que dicen… ¡Si no los puedes convencer, confúndelos! 😛

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